El examen de la vida. Palabra de Dios

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«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?». Y él les responderá: «Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo». E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.» (Mateo 25,31-46).

Por Johanna Cardona B.

Con la fiesta de Cristo Rey finalizamos el año litúrgico. La liturgia de este domingo nos presenta un evangelio que produce escalofrío, porque nos habla del Juicio Final. Y, ¡oh sorpresa!, dicho juicio no será precisamente sobre cosas religiosas, sino sobre amor y solidaridad con el prójimo, es decir con el pobre, enfermo, encarcelado, hambriento, sediento, desnudo, abandonado. Ni siquiera se nos va a preguntar sobre nuestra pertenencia a tal o cual religión.

Como decía san Juan de La Cruz: “Al atardecer de la vida, nos examinarán sobre el amor!” Eso no quiere decir que no es importante rezar, ir a la iglesia, participar de la Eucaristía. Para un cristiano eso también es fundamental. Pero todo eso no tendrá valor si no se vive desde el amor y para el amor.

No nos creamos que por el hecho de estar bautizados o pertenecer a la Iglesia, o asistir todos los domingos a la Eucaristía, seremos ya automáticamente salvados. Sin amor no hay salvación, nos salva el amor. Y no serán suficientes las excusas, como nos cuenta el Evangelio, pues sabemos que Cristo se ha hecho realidad humana y ha tomado la vestimenta del pobre, de cualquier pobre.

También sabemos que Cristo sufre y muere en cada ser humano abandonado o martirizado. No nos valdrá decir que no lo sabíamos. Y quizá nos llevemos la sorpresa de que en el cielo estarán aquellos que nunca pensaríamos que se podrían salvar: los ateos, los que no iban a misa ni pertenecían a ninguna iglesia. Porque en esto radica la revolución introducida por el cristianismo en la historia de las religiones: el amor a Dios y al prójimo están a la misma altura.

Qué bien entendió esto Teresa de Calcuta. Ella decía a sus monjas que debían tratar a los pobres con el mismo amor que tratarían a Cristo, porque ellos son Cristo. El mero servicio desinteresado a quien nos necesita, es ya un acto de amor cristiano y es a Cristo a quien se le hace. Dejémonos convertir y transformar por este impresionante evangelio de hoy. Miremos a este Cristo Rey que viene a reinar entre los pobres, a hacerse pobre como ellos.

Este Cristo Rey que no tiene coronas ni cetros ni tronos de oro, sino que su trono es la cruz, su corona es de espinas de los ajusticiados y su cetro son las manos clavadas ofreciendo misericordia, amor y perdón. ¡Qué maravilloso ejemplo para todos. No lo olvidemos: en el examen más importante de nuestra vida no se nos preguntará por la marca del carro o de la moto, el precio de nuestra casa, la fama que cosechamos, los triunfos que logramos, la marca de zapatos que usamos, el puesto político, social o religioso que ocupamos.

En el examen más importante de la vida, en el que nos jugamos nuestra felicidad eterna, solo se nos preguntará sobre cuánto y a cuántos amamos. Mientras llega ese día hagamos gestos reales de acercamiento a quienes estaban lejos, hagamos visitas a amigos, enfermos, encarcelados, solitarios, deprimidos, abandonados. Y descubramos la felicidad amar y de describir a Cristo en cada persona que se cruce en el camino de nuestra vida.

Nota: el próximo domingo iniciamos un nuevo año en la liturgia. Mail: elciast@hotmail.com

Domingo 26 de Noviembre de 2017- Domingo XXXIV Tiempo Ordinario- Ciclo A- P. Elcías Trujillo Núñez

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