La universalidad de Dios. Palabra de Dios

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«Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente que hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”. 

Por Johanna Cardona B.

Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría.»  (Mateo. 2, 1-12).

Hablar de la universalidad de Jesús es un tema de gran actualidad. Estamos acostumbrados a reducir la presencia de Dios a unos signos y unos ritos; sin embargo, aunque Dios si está en ellos, no se limita a ellos. Dios estaba en los sacrificios del Templo judío, en la Tanak (Biblia judía), y en las comunidades que intentaban vivir su fe celosamente. Pero Dios no limitó su presencia a ello. Él quiso manifestarse cercano, compasivo, misericordioso y por eso se encarnó como uno de nosotros; esto lo hemos celebrado en pasados días con la fiesta de Navidad.

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En ese momento los judíos ya no pudieron reconocerlo y los paganos dieron el paso valiente y se postraron ante el mismo Dios de los judíos. A nosotros, más de dos mil años después se nos presenta el mismo riesgo que a los judíos. Parece que hemos “domesticado” bien a Dios en nuestras vidas. Sabemos dónde lo queremos encontrar y dónde no lo queremos dejar entrar. Lo incluimos en nuestras necesidades y peticiones, pero lo dejamos fuera de nuestras costumbres diarias, fuera de nuestra moral y nuestras responsabilidades. Fácilmente lo encontramos en el Sagrario, allí está de manera extraordinaria, pero lo ignoramos en el Hermano. Lo amamos en la oración y lo rechazamos en el “mal oliente”, en el “pecador”, en el mal llamado desechable o en quien no razona como nosotros. Hoy celebramos la “universalidad de Dios”.

Celebramos su presencia amorosa en toda nuestra vida, en los momentos buenos y malos, en la salud y enfermedad; en la pobreza y la riqueza; en todo lugar y en cada acontecimiento está Dios, para ser amado, adorado y glorificado. No reduzcamos la presencia del Señor a nuestros lugares y nuestros momentos; su amor es más grande que cualquier rito, que cualquier religión, que cualquier situación. Dios vive entre nosotros, postrémonos y adorémoslo tal como esos magos lo hicieron.

Al empezar este nuevo año 2018, reflexionemos: ¿En dónde estoy basando mi seguimiento de Cristo, en el cumplimiento de unos ritos, o en mi esfuerzo por vivir plenamente como humano tomando a Cristo como modelo? ¿Estoy dando testimonio de mi cristianismo con mis actos o sólo con los ritos? Recordemos que todos nuestros ritos religiosos deben ser expresión de nuestras acciones cotidianas.

Nota: Bendigamos con nuestras acciones a Dios por este nuevo año que hemos iniciado. E mail: elciast@hotmail.com

DEUS MAGNUS EST

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