Jesús, mirando a sus discípulos, se puso a decir: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis…» (Lucas 6, 17.20-26).
Por Jhon Erick Villanueva
Hoy el Evangelio nos presenta la opción preferencial por los pobres, los que lloran, los que sufren, los marginados, los rechazados. Por parte de Jesús, para ellos hay palabras de ánimo y de esperanza.
Por lo menos queda claro que si de parte de alguien está Dios es de los más pobres y ellos son sus predilectos. Pero no se queda ahí, a continuación, arremete contra los causantes de este sufrimiento y les deja claro que el plan de Dios es otro muy distinto al acaparamiento de las riquezas por parte de los que se creen más listos. Para el Evangelio como para la doctrina social de la Iglesia desde los primeros tiempos, los bienes de la tierra son para todos y no para disfrute de unos pocos. No puede haber verdadera justicia ni paz mientras no se garantice esta igualdad de todos. El tema de la preferencia por los pobres, tiene muchos componentes y complejas interrelaciones en el mundo de hoy, pero es escandaloso lo que ocurre en nuestro mundo y esa desigualdad no es querida por Dios ni debe ser querida ni promovida por los cristianos.
Tampoco se trata de dar migajas ni de una caridad paternalista mal entendida. Hay que atacar el problema de raíz, y la raíz del problema es estructural. Las bases del mundo están mal puestas. Porque no son las necesidades de los pobres lo que mueve a los Estados ni a los gobiernos a organizar el mundo, sino los intereses de un grupo de países que no quieren renunciar a sus privilegios ni quieren compartir sus beneficios a favor de un reparto más equitativo y justo de las riquezas mundiales.
La Iglesia Católica es un ejemplo de caridad, pues su vivencia evangélica auténtica, va a la raíz, y no sólo porque denuncia las injusticias, sino porque promueve la solidaridad en clave de proyectos de desarrollo. No podemos olvidar, que fue la iglesia la que promovió en el inicio de la historia de nuestros pueblos, la educación y la salud, el ejemplo esta sellado en el nombre de santos que ponían a cada hospital y escuela. La Iglesia Católica no ha dado un pez para saciar el hambre, sino una caña de pescar para que las personas puedan comer siempre con sus propios medios. No da limosnas, da medios para salir de la pobreza. Y por eso es tan importante colaborar con la Iglesia concretamente en cada Parroquia y aportar nuestros medios materiales y humanos en esta hermosa misión. A no ser que queramos escuchar de Jesús esa maldición que hoy dirige a los ricos y a los que causan sufrimiento, o con su silencio cobarde y cómodo permiten que tantos seres humanos, hermanos nuestros, mueran de hambre todavía en el mundo.
Y junto a esto, no olvidemos que personal y colectivamente podemos hacer fuerza para que los Gobiernos cumplan sus promesas de ayuda al desarrollo de los países pobres, participando en manifestaciones, firmas, campañas, en el momento de elegir gobernantes, todo lo que sea presionar para que no se olviden de la justicia y de las promesas.
Pero todo esto se puede quedar en nada si no hay conversión del corazón, cambio de nuestras actitudes egoístas, cómodas e insolidarias. Empezando por cambiar nuestras actitudes en la vida diaria, haciendo bien todas las cosas, con amor, con honestidad, con justicia. No debemos olvidar, que para Dios lo importante no está en las grandiosas cosas que hacemos sino en poner amor en todas las pequeñas cosas que cada día realizamos.
Conversión personal y lucha por la justicia es la llamada del Evangelio de hoy. Teniendo claro que la felicidad verdadera pasa por este compartir y esta entrega a los demás, incluso aunque eso nos cueste persecuciones, incomprensiones y rechazos, como nos dice Jesús.
Padre Elcías Trujillo Núñez. Diócesis de Garzón (en Colombia). 6° Domingo T.O. Ciclo C- 17 de febrero de 2019.













































































