Un mes después de iniciar clases en las instituciones públicas y privadas del país y el ambiente no está claro. No fue, ni ha sido fácil la cosa. Retornar a un periodo normal de un largo descanso no es fácil para nadie y mucho menos para aquellos estudiantes egresados de educación secundaria que, entre incertidumbres y chanzas, aún se encuentra pensando en qué hacer si ya se acabó el colegio. No hay cómo volver a esa situación. Para muchos, no las hay, aunque ya habían estado en temporada de entrenamiento para tener una idea de cómo sería graduarse del undécimo grado sin volverse a encontrar con ellos, con sus compañeros y docentes; pues parece que esta temporada de cuarentena, pandemia, aislamiento obligatorio, no ayudo mucho. Esta los introdujo a un mundo impensado y no precisamente para que se prepararan hacia el nuevo comienzo, sino para quedar en el «limbo». Aún en el entendido de que el inicio de la educación superior ha sido de manera virtual y llevan semanas de una nueva experiencia con una fuerte terapia de choque.
Antes de enero, no había mucha preocupación por el futuro cercano, con todo ese portafolio económico y académico ofertado por la mayoría de instituciones como: sus «matrículas cero», inscripciones gratis, otras sin exigencia de resultados ICFES… En fin, todo parecía alcanzable. ¡Y llegaron los resultados! Los que ya tenían en mente una carrera en las fuerzas públicas, normal, al igual que aquel que prestará servicio militar o seguirá en el negocio familiar, ¡bien por ellos! De todo esto me enorgullece el chico que logró el mejor resultado en el departamento de La Guajira, exaltando su personalidad como Down. Desconozco el total de estudiantes con alguna discapacidad inscritos en el ICFES que hayan presentado esta prueba de estado, pero siendo consciente de la dificultad y las extremas barreras que enfrenta la Población con Discapacidad para incursionar en la educación y culminar la misma en un tiempo óptimo, deben ser pocos.
Lo que hoy quiero compartir, es un mensaje retomado de una carta que le escribiera en su momento el cantautor Ricardo Arjona (guatemalteco) a su querido padre que falleció en el año 2010, para el mismo tiempo conocí esa carta, la leí, y ese mensaje 10 años después, todavía aplica. Les comparto este fragmento escrito, en especial para aquellos jóvenes que solo aprovecharon este tiempo conectando su vida a un dispositivo tecnológico:
«¿Te acordás cuando vacié la alcancía de mi hermana para dedicarme a las apuestas del billar? Con apenas 13 años, yo ya me codeaba con los adultos en el sitio aquel y cuando me descubrieron te esperé en la sala para recibir el castigo que me merecía.
Entraste despacio, me viste y me dijiste con voz calmada: “Ponete zapatos, que vamos a salir”; me llevaste a un barrio lejano en un autobús público, entramos a unos billares de los que no me acuerdo el nombre; pediste que te alistaran una mesa y me preguntaste: “¿Qué te gusta jugar?”.
Bola negra, te dije. Jugamos siete partidos y los siete me los ganaste sin dificultad.
Cuando metiste la bola negra en el último juego me dijiste: “Mira si has perdido tu tiempo, le robaste a tu propia hermana, descuidaste tus estudios… y ni siquiera juegas bien”.»
Son palabras del común y corriente en nuestro lenguaje, pero el mensaje es claro: si vas hacer algo, hazlo bien; de lo contrario, sin importar si es malo o bueno para los demás, no les haga perder el tiempo a tus seres más queridos. Tener el derecho a ser libre en la toma de cualquier decisión, es ser consciente del deber qué implica la responsabilidad. ¡Conciencia!
El tiempo no regresa.
Discapacidad es sinónimo de DIS-ponibilidad de CAPACIDA-des D-iferentes.














































































