¿Quién es mi Prójimo? Palabra de Dios

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«En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: – «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»    Él le dijo: – «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: – «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» Él le dijo: – «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: – «¿Y quién es mi prójimo?». (Lucas 10, 25-37)

Por Jhon Erick Villanueva

«Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor.

No piensa en los sufrimientos de todos.   Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompe si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza,  responde a esta pregunta  con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.   «Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo». 

Su falta de compasión no es sólo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a muchos de los que nos dedicamos al mundo de lo sagrado: vivir lejos de lo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.   Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una  experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo  con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los  heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.

Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede.  Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días?

Padre Elcías Trujillo Núñez. Diócesis de Garzón. Domingo décimo quinto Ciclo C- 14 de Julio de 2019 – Correo: elciast@hotmail.com

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