¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? » (Lucas 17, 11-19).
El Evangelio de hoy nos presenta la escena de la curación de los leprosos y la desoladora imagen de sólo uno de ellos vuelto para dar gracias. ¡Qué mal se tuvo que sentir Jesús al ver que su poder milagroso era sentido, no como un don para agradecer, sino como una fuerza para aprovecharse de ella! Qué curioso lo que se dice del único leproso que se volvió a Jesús: era un samaritano, un hereje que no tenía la obligación de agradecer. En cambio, los otros nueve, que eran judíos, no les queda el educado sentimiento de agradecer. Hombres religiosos acostumbrados a la religión como una costumbre, que contemplan a Dios para el uso personal, un Dios a mi servicio, como si ese Dios personificado en Jesús no tuviese sentimientos. Siente que no hayan vuelto a dar gracias, esos precisamente que se creían buenos y religiosos. Tiene que ser un samaritano, un excluido, un ateo, aquel que todavía no ha terminado de acostumbrarse a una religión rutinaria y ritualista, vaciada de lo esencial que es el amor. Este Evangelio, es una llamada a nosotros cristianos que tenemos la tentación de merecer el cielo y la salvación, que podemos pensar que no le debemos nada a Dios, que es algo merecido por nuestras obras. ¡Qué equivocados estamos! Todos somos “leprosos”, necesitados de conversión y curación continuas. Nuestra vida debería ser, como significa precisamente Eucaristía, “acción de gracias” permanente por el maravilloso regalo de la fe, siempre abierta a maravillarse ante lo imprevisto de Dios, nunca acostumbrados al rito rutinario vacío de vida y de corazón.
Agradecer es la más hermosa actitud de la vida. El agradecimiento predispone a dar más. ¡Cómo nos gusta que nos agradezcan, que valoren lo que hacemos o que damos, que reconozcan nuestra persona! Qué pena esta sociedad y estos niños y jóvenes sobre todo que están creciendo en la cultura del tener, del poseer, del pedir, del exigir, pero poco en la del dar, la del agradecer. Ojalá que esta Eucaristía nos empuje a ser más agradecido con Dios, no por lo que nos da, sino por lo que Él es, Fuente del Amor. Agradecidos con las personas, con nuestra familia, con nuestros amigos, agradecidos con la gente que se cruza cada día en el camino de nuestras vidas.
Agradecer sonriendo. Y veremos cómo se abren otras sonrisas, se iluminan otros ojos, se estrechan otras manos. Lo que sembramos, sin duda que es eso lo que recogemos. Vivamos en permanente acción de gracias, en don, en gratuidad. Pensemos por un momento en silencio en todo lo que hemos recibido gratuitamente de Dios y de los demás. E mail: elciast@hotmail.com.
Escrito por Padre Elcías Trujillo Núñez
Información Publicada: La Nación














































































