Señor, Aumenta mi Fe. Palabra de Dios

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«Al anochecer del día de la resurrección, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:   «Paz a vosotros».  Dicho esto, les mostró las manos y el costado.»  (Juan 20, 19-31).

Por Johanna Cardona B. 

Empezamos el camino de los domingos pascuales. Todas las apariciones de Jesús Resucitado reflejan la incredulidad y asombro en discípulos y cercanos, para nada predispuestos psicológicamente en admitir algo tan sorprendente como único. El ejemplo del apóstol Tomás no es el único y seguramente refleja la actitud de muchos otros. Hubo más de un Tomás entre los apóstoles y en las primitivas comunidades cristianas, como los hay también en nuestros días. 

Quién de nosotros no ha sentido o siente este peso de las dudas, a pesar de tener fe. Quién no desearía que esto de la Resurrección fuera algo más tangible, más demostrable, más razonable. Quién no ha querido meter el dedo en la llaga de Cristo y la mano en el costado para convencerse de que está vivo.  Pero he ahí lo esencial de la fe: no ver para creer, sino creer para ver. No cree el que ve, sino que ve el que cree. La fe es fiarse de Alguien, sabiendo bien de quién nos hemos fiado.

Porque la fe no es tener certeza de todo, sino caminar en la confianza de que hay luz, de que es un tesoro ver ese trozo de cielo que Jesús nos ha mostrado con su resurrección, aunque parezca a veces que vamos a ciegas o que apenas se ve la luz.  En la vida sólo se ve, cuando se camina en la fe, cuando se cree de verdad, pues es allí donde encontramos al Resucitado, está la mano de Dios que nos coge y nos ayuda. Esta es la verdadera fe cristiana: encuentro personal con Jesús Resucitado.  No la fe de los ritos, de los dogmas, de las leyes morales.

La experiencia fundamental de la fe es esta confianza en Jesús, este encuentro salvador y transformador que cambia nuestras vidas, nuestra escala de valores, nuestra mirada hacia el mundo. Necesitamos hoy más que nunca testigos del Resucitado, no expertos en resurrección. La gente ya no cree a los maestros, sino a los testigos. Solo creen a los que han “visto” la experiencia y la contagian en la alegría y el amor. Revistámonos de esta luz del Resucitado presente en nuestras vidas, llenémonos de su Alegría, de su Paz.

Fortalezcamos la fe titubeante y dejémosla insuflarse del fuego de su Presencia. Y nuestra vida hablará por sí misma, porque no podremos callar esta maravillosa Noticia: Dios vive, Dios nos llama a la felicidad, Dios es fuente de alegría, en Dios venceremos a la muerte, la vida es Vida para siempre, el amor perdura en la eternidad. Todo lo que hacemos y vivimos tiene sentido desde esta fe y desde este amor.    Digámosle cada día el Señor Resucitado: “creo, señor, pero aumenta mi pobre y débil fe”.

Nota: Celebramos hoy al Señor de la Misericordia

8 de ABRIL de 2018 – Ciclo B- P. Elcías Trujillo Núñez

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