«Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:-« ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: – «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»» (Juan 6, 1-15)
Por Johanna Cardona B.
A lo largo de la historia, aún desde el mismo Génesis, el hombre ha evadido responsabilidades. Siempre con el mismo cuento y las mismas excusas: “tal como está el mundo no podemos hacer nada. Tanta gente que sufre, que muere de hambre. De nuevo guerras, violencia, injusticia. Nada nuevo bajo el sol. Es tanta la necesidad y tan poco lo que podemos hacer”.
Las mismas excusas de los discípulos, el mismo sacudirse la responsabilidad o quitarse de encima el problema. Nada que hacer. ¿Cómo podremos dar de comer a tanta gente? No hay pan suficiente. Para muchos es normal que se mueran millones de personas de hambre en el mundo, cuando en los países desarrollados se desperdicia comida que fácilmente podría alimentar toda la humanidad; si consumiéramos menos, todos podríamos vivir con dignidad. Porque comida, alimentos, recursos, hay para todos.
El problema no está en el pan, sino en el egoísmo acaparador de unos pocos. ¡Qué hermoso milagro el del evangelio de hoy! Cuando se comparte, llega para todos y sobra. Y aunque el milagro se refiere principalmente a la Eucaristía que se parte y se reparte para todos, no debemos olvidar que la Eucaristía es el sacramento visible de lo que quiere Dios para el mundo: un mundo donde todos seamos hermanos y nadie pase necesidad. 
Y en esto hemos de reconocer los cristianos, que no siempre hemos vivido ese sentido solidario de la Eucaristía, que no sólo es Presencia Real de Cristo en el Pan y en el Vino, sino también con la misma intensidad, Presencia Real de Cristo en el Hermano que sufre y necesita de nuestro amor. Sin esta dimensión solidaria de compartir, nuestra Eucaristía será un rito religioso más, pero no la auténtica Eucaristía cristiana. No se puede celebrar la Eucaristía y oprimir al hermano, al pobre, al subordinado, al trabajador.
Tendríamos que preguntarnos seriamente si nuestras Eucaristías son fermento de justicia, paz, igualdad y solidaridad en el mundo. Porque ése es el gran milagro de la Eucaristía: al compartir, hay para todos y vivimos la alegría de realizar el Proyecto Humanizador de Dios en la tierra, como lo hacemos en nuestras parroquias con los programas sociales para los más pobres (Comedor de Niños, Club de Ancianos, Mercados para las familias más necesitadas).
Hagamos la prueba, empecemos por compartir pequeñas cosas cada día, regalando a los demás el pan de nuestra amabilidad, de nuestra sonrisa, de nuestra generosidad, y el vino de nuestra alegría, de nuestra lucha por la justicia, la paz y la igualdad entre todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. E mail: elciast@hotmail.com
Dom 17 T.O- Ciclo B. 29 de Julio de 2018 P. Elcías Trujillo Nuñez














































































