«Os aseguro ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.» Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.» (Lucas 4, 21-30).
Muy difícil para los judíos, admitir que uno de sus paisanos, “el hijo del carpintero” pueda tener semejante osadía de pretenderse el Mesías, Hijo de Dios. Y el rechazo es más fuerte cuando les recrimina su falta de fe, destacando en cambio a quienes, sin ser judíos, son capaces de portarse como auténticos creyentes; este es el caso de la viuda de Sarepta o el leproso Naamán, ambos extranjeros. Destaco del evangelio esa acusación que le hacen a Jesús, al llamarlo “hijo de José”, o sea, uno cualquiera del pueblo, como si eso fuera un impedimento más que una posibilidad de ser alguien importante. No querer ver en la humanidad de Jesús, “ser hijo de”, un signo de su divinidad. Como si Dios no tuviera el poder de encarnar las realidades cotidianas y sencillas de la vida.
Parece que Dios tuviera que elegir cosas y medios extraordinarios y espectaculares para manifestarse como tal. Por eso el Evangelio procede con otra lógica, se sale de estos cánones y Dios se manifiesta en un niño pequeño en Belén, en una pobre viuda, en un samaritano extranjero, en la fe de un centurión romano, en la humilde mujer de Nazareth, en el lugar de trabajo de un carpintero, en la incultura de unos pescadores, en la desnudez de un crucificado. Dios se revela en los humildes y en lo humilde, en los que no cuentan, en los frágiles, en el grano de mostaza y en la pequeña levadura que fermenta el pan. 
Muchos santos han insistido en la santidad de lo cotidiano, en la dimensión mística de lo diario. Dios no hace alarde de poder, se hace presente en la fortaleza espiritual de muchos seres humanos que nos impresionan por la talla imponente de su espiritualidad y de su humanidad. La Madre Teresa de Calcuta, solía decir que la santidad no es algo extraordinario, privilegio de unos pocos, sino la obligación de todo cristiano, porque la santidad es hacer muchas cosas pequeñas con mucho amor.
Es fácil escandalizarse de los paisanos de Jesús porque no supieron valorarle, pero hoy también muchos cristianos viven su vida al margen de su fe, no reconocen siquiera a Jesús como Hijo de Dios.
Nosotros, muchas veces, tampoco damos el testimonio que debemos a través de nuestras obras de la vida diaria. Decidamos en esta semana ser conscientes de esta santidad de la vida cotidiana, de este hacer presente a Cristo en nuestra vida diaria, desterrando de nosotros la envida que nos corroe, el egoísmo que nos encierra, el odio que nos envilece, la falta de alegría y de paz que nos amarga, la mediocridad de nuestro amor que nos empequeñece. No importa el tamaño, la dimensión, la popularidad o lo extraordinario de lo que hagamos. Para Dios importa el amor que ponemos en todo lo que pensamos, decimos o hacemos.
Padre Elcías Trujillo Núñez. Diócesis de Garzón (Colombia). 4° domingo T.O. Ciclo C- 3 de Febrero de 2019.














































































