« Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.» (Lucas 3,1-6)
Por Jhon Erick Villanueva
La Palabra del Señor en este Segundo Domingo de Adviento nos presenta a figura de Juan el Bautista. Impresiona su vida, su austeridad, su entusiasmo en proclamar la Palabra de Dios y en llamar a la conversión en una sociedad que se había alejado de Dios y de su Alianza. Una voz en el desierto clama y proclama que el camino que lleva a Dios pasa por un cambio radical de vida, de actitudes, de comportamientos. Un hombre de cuerpo entero, un hombre inquebrantable en sus ideales y en sus utopías. Un profeta de la santidad y de la esperanza. Un testigo auténtico de la llegada del Reino de Dios. Un modelo de cómo prepararnos bien a la Navidad y cómo vivir este Adviento como tiempo de conversión.
Una figura referencial de cómo vivir la fe en esta sociedad materialista que ya no hace caso a los profetas que dicen verdades, sino a los iconos mediáticos que venden mentiras. ¿Cómo ser testigo de Cristo en este tiempo, que se asemeja al desierto de Juan el Bautista, un mundo sordo, no sólo a la presencia de Dios, sino también al clamor de los pobres y necesitados y excluidos de nuestra sociedad?. ¿Cómo hablar de Cristo sin que suene a pasado, a cosa sabida, a rancio lenguaje? ¿Cómo compaginar anuncio, cercanía, alegría, amor, acogida, comprensión, con denuncia, profetismo, incomodidad, verdad, exigencia? No es fácil anunciar y denunciar.
No podemos quedarnos en un anuncio fácil, al modelo de los anuncios de televisión, mostrando un cristianismo acomodaticio para todos. Tampoco es bueno ni evangélico presentar la fe como algo duro, doloroso, frío, exigente y poco humano. En compaginar las dos cosas está la clave de un testimonio coherente, alegre y humano en nuestro mundo actual. La voz tronante de Juan Bautista y la ternura compasiva y acogedora de Isaías y la Virgen María. Más que nunca se necesitan voces que griten en el desierto por los que no tienen voz. Voces que clamen justicia, solidaridad, igualdad, tolerancia, acogida, perdón, esperanza. En este mundo frío, voces que traigan calor humano del corazón a tanta soledad y vacío.
Voces que no se cansen de gritar y tampoco de susurrar dulcemente al oído palabras de consuelo y de ánimo. Voces que se unan al enorme coro humano de voces que piden la condonación de la deuda externa, la supresión de tantas vallas y barreras a inmigrantes, la abolición de la pena de muerte, el fin de las guerras, la ayuda urgente a los países pobres, el respeto a la vida humana en cualquiera de sus estadios, la defensa de los derechos humanos y del medio ambiente. No, no está pasado de moda Juan el Bautista, aunque su voz parezca perderse entre tanto ruido y tantas luces, entre tanto barullo y megafonía de los mercaderes del consumo que reclaman nuestra atención. Siempre habrá personas que afinen los oídos y escuchen este mensaje revolucionario del amor encarnado de la Navidad.
Eso será preparar bien el camino del Señor y allanar los senderos. Sigamos gritando, pero con nuestra propia vida y ejemplo, que el Señor viene, que está cerca, que nos ama, que quiere un mundo de hermanos. Y si no nos oye nadie, al menos que no nos cambien a nosotros y no nos hagan desistir de nuestros ideales. Pongámonos en camino, bien atentos a la presencia de Dios, sin despistarnos, no nos vaya a pasar como aquel, que al final no se encontró con el Señor, por no buscarlo donde realmente se encontraba.
2° Domingo de ADVIENTO – Ciclo C- 9 de Diciembre de 2018-P. Elcías Trujillo Núñez













































































