«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándolas a cumplir todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». (Mateo 28,16-20)
Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Con esta fiesta termina el tiempo de la Pascua y comienza el tiempo de Pentecostés. También, este domingo es el comienzo de la misión de los apóstoles, el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio de los cristianos. Jesús desaparece físicamente de la vista de los discípulos. Eso no quiere decir que nos haya abandonado, sino que su presencia es ahora espiritual. Como nos dice el evangelio de hoy, Él está con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Ahora su presencia en el mundo somos nosotros, los cristianos. Sus manos son nuestras manos, sus pies son nuestros pies, sus palabras son nuestras palabras, su amor es nuestro amor.
No es la hora de quedarse mirando al cielo, anhelando seguridades, añorando tiempos pasados que creemos mejores antes de la pandemia. Cristo nos lanza hacia el futuro. Es cierto que corren tiempos difíciles para el testimonio de la fe. Ni mejores ni peores que otros tiempos. Es un mundo muy diferente el que nos toca vivir, es verdad. Pero el mensaje de Cristo sigue siendo actual, vivo, más que nunca necesario para esta sociedad nuestra aparentemente satisfecha de cosas materiales, pero vacía de ideales, de valores, de horizontes que lleven a una felicidad plena. El problema no es Cristo, el problema es la Iglesia, somos cada uno de los cristianos. Lo que falla es el testimonio de nosotros los cristianos, los males de nuestra Iglesia, parroquias, comunidades, son el reflejo de nuestros propios males personales como cristianos.
Pero más que nunca, aunque parezca lo contrario, los cristianos somos observados y sin duda que en el fondo mucha parte de la sociedad lamenta que los cristianos nos cansemos de vivir, profundizar y testimoniar nuestra fe en medio del mundo. No tengo dudas de que, si los cristianos se decidieran a poner en práctica de verdad el mensaje de Cristo, primero, el mundo cambiaría radicalmente, segundo, muchos se interesarían por saber la causa de nuestra felicidad, tercero, la Iglesia sería realmente lo que debería ser: sal y luz del mundo, sacramento y signo de la salvación. Cuidemos el testimonio de la vida diaria.
No hace falta hacer cosas extraordinarias, sino hacerlo todo con mucho amor y alegría, con amabilidad, con respeto, con acogida a todos, con tolerancia, con una inmensa solidaridad y preocupación por los más necesitados. No olvidemos que somos observados en el trabajo, en la familia, en el colegio, en la universidad, en el vecindario, entre los amigos. ¿Qué testimonio damos ahí de Cristo? No tengamos miedo, no estamos solos, nuestra fe y nuestra experiencia nos dice que Cristo nos acompaña, que Él nunca nos fallará, que en su Nombre podemos marchar tranquilos a evangelizar con valentía, con humildad, con alegría, con amor. Buena tarea para todos los días y para toda la vida.
No olvidemos que la Iglesia somos todos y cada uno de nosotros y de nosotros depende que organicemos con ella un funeral o una fiesta de fraternidad y de esperanza.













































































