«En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. » (Marcos 9,2-10)
Por Jhon Erick Villanueva
El domingo pasado, Jesús nos invitó al desierto a enfrentarnos con nuestras propias tentaciones, este domingo nos invita a subir a la montaña del Tabor para contemplarlo transfigurado y resplandeciente. Desierto y Montaña son en la Biblia lugares privilegiados de encuentro con Dios.
En ambos espacios, que son primeramente interiores sólo hay silencio. No hay apoyo ni compañía. Así se impide la huida. En el desierto y la montaña Dios habla al corazón. Allí no hay escapatoria ni excusas. La única música que se escucha es el silbido del viento y la única luz, la de las estrellas. Allí sentimos el peso de la soledad ante Dios, y la verdad de nosotros mismos.
No es la soledad que produce angustia. Es la “soledad sonora”, la soledad habitada por la plenitud del verdadero Amor. Cada día necesitamos un encuentro profundo con el Amor de Dios, pues la vida humana y cristiana no es sólo lucha contra la tentación, dureza del camino y del desierto, es también vivencia gozosa de una Presencia luminosa que produce una vivencia mística, vita, contagiosa.

Sin esta vivencia, la fe queda reducida a un conjunto le leyes, o de normas, o se convierte en un puro humanismo sin trascendencia. Necesitamos la montaña del Tabor para seguir caminando y avanzando. El Tabor es el espacio de Oración, de Encuentro Eucarístico, de Lectura y Escucha de la Palabra, de cercanía a la Comunidad, de Fraternidad, de Silencio y Acogida Misericordiosa en Familia.
No es un Tabor que nos aísla del mundo, sino la energía, el combustible que nos renueva revitalizando en nosotros la utopía, las ilusiones, la entrega, la generosidad, la fe en que el Reino de Dios ha llegado a este mundo. Los discípulos también tuvieron la tentación de quedarse colgados de aquella experiencia y pretendieron construir tres tiendas para no bajar al valle de la vida cotidiana y real.
Jesús los tuvo que enviar de nuevo a bajar. La oración, el encuentro gozoso con el Señor, no es para quedarse en ella, sino para llevarla a la vida de cada día. Así nuestra vida rutinaria se coloreará de luz, saldrá de su monotonía y de su encerramiento materialista, y la proyectará a las alturas. Así surgirá ese deseo de Dios tan necesario como el oxígeno para respirar.
Eso se notará en la vida, porque nuestro rostro y nuestra vida también quedarán transfigurados, transformados, resplandecientes, luminosos como el de Cristo, y contagiaremos al volver del Tabor la alegría de la fe comprometiéndonos en la construcción del Reino de Dios que es amor, justicia y paz. Subamos, pues, al Tabor, allí nos espera Dios al final o al principio de cada jornada.
Vivamos cada día en su Presencia Amorosa y Providente, Luminosa y Protectora. Dejemos que Él nos ilumine y nos guíe para contemplar su gloria. Seamos en esta Cuaresma testigos luminosos del Amor infinito de Dios. E mail: elciast@hotmail.com
25 de febrero de 2018- 2° Domingo Cuaresma – Ciclo B
P. Elcías Trujillo Núñez














































































