«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta:-«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. » (Mateo 18,21-35)
Por: Johanna Cardona Bolaños
Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista. Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. Por eso pregunta: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?». Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro hace su propia sugerencia: « ¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces. Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la comunidad.
La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores. Entre los judíos era conocido un «Canto de venganza» de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: «Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete». Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.
En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes. Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y sanando esta enfermiza situación que ha penetrado en la Iglesia y en el mundo.
La parábola usada por Jesús para contextualizar el perdón la podemos concluir de esta manera: Para que Dios nos perdone nuestras innumerables faltas, tenemos que cumplir con dos condiciones: La primera, reconocer ante Dios que somos pecadores, deudores, culpables. Muchos se creen santos, buenos, sin culpa, sin pecado y dicen: no robo, no mato. La segunda condición para ser perdonados es, que también nosotros perdonemos a los demás. Estamos rehusando el perdón de Dios si lo negamos a los demás. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Nota: Mail: elciast@hotmail.com DEUS MAGNUS EST












































































